La segunda pregunta clave consiste en solicitar detalles inesperados o muy específicos sobre lo que ocurrió. Por ejemplo, se puede preguntar qué otras personas estaban presentes, qué sucedía alrededor en ese momento o qué ocurrió inmediatamente antes o después de la situación que se está describiendo.
Cuando una persona relata un hecho verdadero, normalmente puede recordar elementos secundarios del contexto, incluso si no son parte central de la historia. Esto incluye detalles del entorno, conversaciones cercanas o pequeñas acciones que ocurrieron alrededor del evento principal.
En cambio, quienes mienten suelen concentrarse en construir una historia básica que parezca creíble. Como resultado, pueden tener más dificultades para responder preguntas inesperadas sobre detalles que no habían considerado al inventar el relato.
Otro aspecto interesante es que quienes dicen la verdad tienden a ofrecer información adicional de forma natural, mientras que quienes inventan una historia pueden limitarse a responder lo mínimo necesario para evitar errores. Esta diferencia en la forma de narrar puede convertirse en una pista importante para evaluar la credibilidad de una explicación.
Los expertos en análisis del comportamiento señalan que estas dos preguntas funcionan porque incrementan la llamada carga cognitiva, es decir, el esfuerzo mental necesario para sostener una mentira. Cuanto mayor es esa carga, más probable resulta que aparezcan inconsistencias en la historia.
Sin embargo, también advierten que ningún método garantiza detectar una mentira con absoluta certeza. Factores como el estrés, los nervios o las diferencias en la memoria pueden influir en la forma en que una persona responde a las preguntas, incluso cuando está diciendo la verdad.