Este no fue un discurso moldeado por asesores ni por las encuestas. Fue una confesión forjada en noches de insomnio y en una reflexión serena.
Le temblaban las manos al admitir lo que ya no podía negar: la vida pública le había exigido más de lo que jamás había imaginado. El precio lo había pagado no solo él, sino también quienes más amaba.