No le había contado a mi esposa, Mara, ni a mi madre lo de mi pierna.
Mara y yo perdimos dos embarazos, y fui testigo de cómo cada pérdida la afectó. Cuando me lesioné durante mi último despliegue, decidí no contárselo.
Estaba embarazada. Y el embarazo iba bien. No podía ponerlo en riesgo dándole una noticia que la asustara y la afligiera mientras aún estaba tan frágil.
No le había contado a mi esposa, Mara, ni a mi madre lo de mi pierna.
Solo se lo conté a una persona. Mark, mi mejor amigo desde que teníamos 12 años. Lloró por teléfono cuando se lo conté y me dijo: "Ahora tienes que ser fuerte, tío. Siempre has sido más fuerte de lo que crees".