Juan Gabriel no podía creer lo que estaba viendo cuando sus ojos se fijaron en un anciano de cabello blanco sentado en la segunda fila del Auditorio Nacional. Era octubre de 1995 y estaba en medio de Amor Eterno, una de sus canciones más emotivas frente a casi 10,000 personas. Continuó cantando, pero comenzó a bajar lentamente las escaleras del escenario, sin dejar de mirar al anciano que lo observaba con lágrimas corriendo por su rostro arrugado.
La banda seguía tocando mientras él se acercaba a la segunda fila, con la voz cada vez más quebrada hasta que dejó de cantar por completo. Aunque los músicos continuaron. Las personas en las primeras filas se dieron cuenta de que algo extraordinario estaba sucediendo. Cuando frente llegó al anciano, lo abrazó con tanta fuerza que ambos temblaban aún sosteniendo el micrófono en su mano derecha.
El público permaneció en completo silencio tratando de entender qué estaba pasando mientras los dos hombres se abrazaban llorando. Hace 25 años, en abril de 1970, un joven, Alberto Aguilera, de 20 años había entrado a la prisión de Lecumberry, acusado falsamente de haber robado joyas y una radio en una fiesta donde había cantado.
Lo trasladaron en una julia junto a otros cinco detenidos y cuando llegó al penal sintió que entraba a un lugar del que nunca saldría. Lo llevaron al dormitorio H donde ponían a los presos sin sentencia definitiva, un lugar donde la violencia era parte de la rutina diaria. Le quitaron todas sus pertenencias durante el registro de entrada, quedándose solo con la ropa que traía puesta, sin dinero para comprar protección ni familia cercana que pudiera visitarlo.
Alberto estaba completamente vulnerable. Durante sus primeras noches escuchó gritos de otros internos, peleas en los pasillos y amenazas constantes de quienes ya habían identificado su debilidad. Lloraba en su celda cada noche, pensando que nunca saldría de ese lugar sin haber cumplido su sueño de grabar una sola canción.
Don Roberto Medina era un guardia de 52 años que llevaba 23 años trabajando en Lecumberry viendo pasar lo peor de la sociedad mexicana. Había presenciado motines violentos. Había visto presos heridos gravemente en los pasillos. Había sido testigo de como el sistema penitenciario destruía a personas inocentes junto con los culpables.
Conocía perfectamente la corrupción del lugar donde los guardias vendían protección y privilegios a los presos con dinero. Había aprendido a mantener distancia emocional de los internos porque involucrarse demasiado solo traía problemas con las autoridades y con los presos poderosos. Pero la tercera noche después de que Alberto llegara algo en el muchacho, lo conmovió de una forma que no esperaba.
Lo encontré llorando en un rincón del patio, completamente solo, mientras otros presos se acercaban burlándose de él por su aspecto frágil y asustado. Don Roberto dispersó a los presos con autoridad, ordenándoles regresar a sus celdas. Luego le dijo a Alberto que lo acompañaría a una oficina de interrogatorio apartada del patio donde podía hablar sin que otros lo vieran.

Una vez a Solas le preguntó cómo un muchacho tan joven había terminado en ese lugar. Alberto le contó entre soyosos toda su historia, que había llegado de Ciudad Juárez buscando oportunidades en la música, que trabajaba cantando en fiestas privadas por 50 pesos, que esa noche se había quedado dormido en un sofá después de cantar.
Explicó que cuando despertó la dueña de la casa, lo acusó del robo y que su amante, que era judicial, lo arrestó sin investigar nada, que no tenía dinero para abogado, que su madre estaba en Juárez sin recursos para ayudarle, que había sido sentenciado a 3 años sin pruebas reales. Don Roberto escuchó cada palabra estudiando el rostro del muchacho y después de 23 años trabajando ahí, había desarrollado instinto para distinguir a los verdaderos criminales de los inocentes.
Esa misma noche, don Roberto nos usó favores que le debían otros guardias para transferir a Alberto a una celda en el sector más seguro del dormitorio H, lejos de los presos más violentos. Le consiguió papel y un lápiz gastado para que pudiera escribir. Le llevó pan extra de su propia comida cuando veía que el muchacho no comía por miedo.
Durante las siguientes semanas se convirtió en su protector silencioso, interviniendo cuando otros guardias querían cobrarle mordidas que no podía pagar. Alberto pasaba las noches escribiendo letras de canciones usando la música como única forma de mantener la cordura en medio del caos.
Una noche, don Roberto lo escuchó cantando en voz baja en su celda y se acercó encontrándolo con los ojos cerrados tarareando una melodía. La canción hablaba sobre tener dinero, pero tener amor para dar, sobre ofrecer el corazón cuando las manos están vacías. Don Roberto se quedó escuchando con lágrimas formándose en sus ojos, porque en 23 años trabajando en ese lugar de desesperación, nunca había escuchado algo tan hermoso salir de una celda de Lecumberry.
Don Roberto protegió a Alberto durante los primeros 4 meses, que fueron los más peligrosos, porque los presos nuevos eran siempre los más vulnerables en Lecumberry. Hubo una noche en que tres internos entraron a su celda con intención de robarle sus escasas pertenencias, pero don Roberto apareció justo un tiempo, amenazándolos con reportarlos al director.
Hubo otra ocasión en que Alberto cayó enfermo con fiebre alta y don Roberto consiguió medicinas del botiquín del penal sin que nadie se diera cuenta. Le enseñé reglas de supervivencia básicas. Nunca mire directamente a los ojos a los presos peligrosos. Nunca hables de su vida antes de la cárcel.
Nunca mostrar debilidad aunque estuviera destruido por dentro. Alberto aprendió rápido porque entendía que un solo error podía costarle mucho en ese lugar. Don Roberto nunca le cobró nada por su ayuda cuando otros guardias vendían hasta el agua potable a precios abusivos. Lo hacía porque veía en ese muchacho asustado un talento genuino que no merecía ser destruido por un sistema corrupto e injusto.
En febrero de 1971, las autoridades del penal reorganizaron los dormitorios y Alberto fue transferido a otro pabellón como parte de los movimientos regulares de internos. Don Roberto intentó usar sus contactos para evitar la transferencia, pero el orden venía directamente del director y no había forma de cambiarlo.
La noche anterior al traslado, don Roberto pasó discretamente por su celda durante su ronda nocturna y le habló en voz baja a través de los barrotes. le dio consejos finales sobre cómo sobrevivir en el nuevo sector, que ya había aprendido las reglas básicas y debía confiar en su instinto, que seguía escribiendo canciones porque eso lo mantendría acuerdo.