Gael asintió, intrigado. Había algo familiar en su forma de hablar del vino, una pasión que reconoció porque la había visto en Amélia cuando visitaron bodegas juntos en sus primeros años.
Fue entonces cuando sucedió. Mientras la joven terminaba de servir el vino, su mirada se posó en la mano derecha de Gael.
Sus ojos se abrieron de par en par. Parpadeó varias veces, como si no pudiera creer lo que veía.
—Disculpe, señor —susurró con voz temblorosa—. Ese anillo... es idéntico al de mi madre.
El mundo de Gael pareció ralentizarse. Miró el anillo de bodas y luego el rostro pálido de la joven.
"¿Qué dijiste?"
—El anillo —repitió, señalando con dedo tembloroso—. Mi madre tiene uno igual. Siempre decía que era único, que solo existían tres.
Gael sintió que el corazón se le aceleraba. Era imposible. Absolutamente imposible. Los otros dos anillos llevaban décadas perdidos. A menos que...
"¿Cómo se llama tu madre?" preguntó, con una voz que sonaba extraña incluso para él mismo.
“Amélia”, respondió la joven. “Amélia Costa.”
El nombre resonó en la mente de Gael como un trueno. Amélia. Su Amélia. Pero estaba muerta. Había identificado el cuerpo. Había asistido al funeral. Había llorado ante su tumba durante 23 años.
—Eso… eso no es posible —balbuceó, sintiendo que la habitación daba vueltas—. Amélia murió. En un accidente de coche.
La joven lo miró confundida. «Mi madre tuvo un accidente de coche, sí. Estuvo en coma durante semanas. Pero sobrevivió».
Ella... nunca supe qué le pasó. Me dijeron que murió en el accidente.
Gael se sentó, sintiendo repentinamente las piernas débiles. Veintitrés años. Veintitrés años de luto, de soledad, de un corazón roto que nunca había sanado del todo. ¿Y todo basado en una mentira? ¿En un terrible error?
—Dios mío —susurró, mientras las lágrimas finalmente le llenaban los ojos—. ¿Está viva Amélia?
La joven —su hija, se dio cuenta ahora— asintió, con lágrimas corriendo por su rostro. «Está en Valencia. Me crio sola todos estos años. Siempre hablaba de ti. Siempre te quiso».
Gael miró el anillo de bodas en su dedo, luego el rostro de su hija, la hija que nunca supo que tenía. Tres vidas, separadas por un trágico malentendido, a punto de reencontrarse después de más de dos décadas.
Y en aquel restaurante barcelonés, rodeado del suave murmullo de otros comensales y del aroma del vino tinto, Gael Monteverde comenzó a llorar, no de tristeza, sino de una esperanza renacida que creía muerta para siempre.